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sábado, 13 de febrero de 2016

#Music David Bowie – Blackstar

@NilRuf



 Valorar a David Bowie. Poder escuchar, asimilar un disco suyo como entidad separada y dentro de un continuo. Ese que retomó con ‘The Next Day‘ tras una década de silencio autoimpuesto. Y no es nada fácil comprender, en un momento preciso y más contemporáneo al álbum, las implicaciones artísticas que conlleva. No lo es casi con nadie, pero aún menos, y mucho menos, con el que ha tenido más rostros, se ha vestido con más atuendos y más ha revolucionado cuando nadie vislumbraba el cambio. The Thin White Duke, Aladdin Sane, Halloween Jack, Ziggy Stardust, o su mismo apellido artístico. Maleable, genial pero también errático, Bowie ha abierto puertas a lo largo de sus años, dejándonos contemplando el marco mientras él ya construía o derribaba otras. Un artista transversal en el arte, haciendo del esfuerzo intrínseco de sus éxitos y virajes un aparente y grácioso truco de magia. Además de conseguir admiradores incondicionales, ha sido capaz de suscitar en uno todo tipo de emociones y opiniones, desde las más positivas a las menos, pero rara vez ha caído en el tedio. Su ductilidad es ya paradigmática, y su leyenda, viva, no gracias al revisionismo, sino a su capacidad para mantenerse misterioso y relevante – gracias en parte a su desaparición de la vida pública-, transgrediendo incluso la más o menos vacua y fetichista generación Spotify.


El Bowie de 2016, el que cumple sesenta y nueve años, suena afectado y amplio en la lírica, con un punto de debilidad vocal y lúgubre en la música. Un ser pictórico (como ha sido siempre) camino de la prima donna, distinto al poderoso pero nostálgico de su disco de regreso. Lo que en ‘The Next Day’ eran canciones mayormente musculosas que asumían y propulsaban un legado atemporal, aquí Bowie nos presenta parajes más oscuros, texturas más extrañas y mensajes más crípticos cuando la inspiración acompaña, marcados por la crónica, la muerte, y algún concepto sexual que aparece de súbito, casi como un fallido acto freudiano. A la vez, Bowie se dirige a algún lugar que todavía no conocemos, nos sitúa por primera vez en muchos años en la tesitura del punto de incomprensión, que hastía el disco en algunos puntos, cuyos ingredientes no terminan de romper los moldes. Vuelve al laberinto al que tantas veces se ha adentrado, esta vez con la compañía de un cuarteto de jazz-rock neoyorquino, Donny McCaslin Quartet, que funde sus dinámicas y sonidos en el magma creativo de nuestro protagonista. Solos de saxo virtuosos y palpitantes bajos. Un sentido de abandono e improvisación recorre el álbum, que en algunos momentos confía demasiado en arreglos que distraen de la portentosa materia prima. James Murphy también aparece, sin un rol muy definido, alrededor de percusiones y sintetizadores, que deben mucho al dúo Bowie-Visconti en sus tiempos de Berlín.
A grandes rasgos, lo mejor del álbum ya fue desvelado antes de su publicación. ‘Blackstar’ es la que más se adentra en el genio congregado y, como tal, va más lejos. Desbordante, cambiante y brillantemente oscura. No es el primer disco que Bowie empieza con un pulso creativo de magnitud, pero éste es de los más radicales. Si fuera la estrella negra de un sistema planetario, estaríamos hablando de un disco de verdadero impacto.Pero después la siguen media hora de música que no se aleja del pop y el rock como algunos presumen, al contrario, como bien resume su amigo Tony Visconti, “es un disco de rock tocado por músicos de jazz”. ‘Lazarus’ es majestuosa, impecable a nivel musical y perturbadora en lo emotivo, un vehículo artístico en el que Bowie parece mostrarse con más fuerza y cercanía a sí mismo. El resto contiene algunos brillantes momentos en lo instrumental, la calidad reunida es de impresión, pero en el qué de las canciones, Bowie no remata con ideas que convenzan, salvo en algunas excepciones. Potente en lo estilístico, irregular en su contenido. En ”Tis a Pity She Was a Whore’ la banda reunida se desata por momentos pero aquí se queda la relevancia del tema. Con ‘Sue (Or In a Season Of Crime)’, Bowie muestra su versión más lírica, emergiendo de un festín de musicalidad. ‘Girl Loves Me’ es uno de estos momentos en los que la inventiva de Bowie muestra su eterna genialidad. El resto es mucho más sosegado, con ‘Dollar Days’, de bella sencillez, y ‘I Can’t Give Anything Away’, correcto tema con un Bowie en los que se siente como llega a cada nota. Sin embargo, es un final anticlimático, neutro, prematuro y que pone cierre a un disco extrañamente apresurado.



Hasta aquí el disco.
Bowie se despide y esta reseña incorpora esta triste noticia de lunes. David Robert Jones ha muerto y con ello, su última obra adquiere una dimensión y simbolismo que la completa, al menos antes del paso del tiempo. Con ella, nos ha llenado los oídos de exuberancia y extrañeza, pero de importantes vacíos que él, siempre un paso por delante del resto, sabía que muy pronto llenaríamos de la forma más natural del mundo: con la muerte. Su última gran obra adquiere un significado más allá de lo musical, y todo indica que Bowie la concibe y, sobre todo, publica a sabiendas de la inminencia de su muerte, convirtiéndola en una gran paradoja, en su disco más vital.
Obliga a releer sus letras – ahora los versos reciben otro matiz de percepción (esa ‘Dollar Days’)-, a escucharlo, a verlo a él sereno, liberándose en el dolor, viéndose viajando en los lugares que pobló con su imaginación mientras planea su último vuelo en vida. Si ha sido uno de los artistas más especiales que ha dado la música popular, el líder para muchos, fuente de inspiración para casi todos, un cambiapieles de genio mareante, su despedida no podía ser otra cosa que un hecho singular, un último vals, su performance definitiva, una obra de arte. Darse cuenta de ésto es sencillamente abrumador. Un álbum de ausencias a todos los niveles que cuesta mucho explicar, incompleto sin su muerte. El rey del adventismo se nos va estando más arraigado al presente que nunca, el suyo, y con ésto manda el mensaje más radical de su carrera. Descansa en paz, David.

NIL RUBIO 
Report 
M-Gallegos Group
Chile 
#Music David Bowie – Blackstar
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